El 15 de agosto de 2021, Khadija Amin se preparaba para presentar el telediario en Kabul. Conversaba con sus colegas mientras tomaba café, preguntándose si algún día podrían aparecer en pantalla sin velo. Ese mismo día, los talibanes tomaron el control de la capital afgana, y Amin debió abandonar su puesto de trabajo. Tras recibir amenazas de muerte, decidió huir del país y fue evacuada por el Ejército español. En Madrid, fue recibida por la ministra de Defensa, Margarita Robles. Amin aún recuerda la rapidez con que se desmoronaron los derechos de las mujeres en Afganistán: “Yo no sabía que se podían perder tantos derechos tan rápido”.
Restricciones a las mujeres
Según Sarah Knibbs, representante adjunta de ONU Mujeres en Afganistán, ningún otro grupo ha desmantelado los derechos de mujeres y niñas tan extensamente como los talibanes. A pesar de las promesas iniciales de inclusión, el gobierno talibán ha promulgado cerca de 100 decretos que institucionalizan la discriminación de género. Afganistán es el único país que prohíbe a las mujeres acceder a la educación secundaria y universitaria. Además, más de la mitad de las mujeres afganas se ven limitadas a salir de casa solo una o dos veces al mes.
“Uno de los mayores riesgos que afrontan hoy las mujeres y las niñas afganas es la normalización: que el mundo se acostumbre a las restricciones que pesan sobre sus vidas”, advierte Knibbs.
La ONU estima que, de seguir las restricciones, el país podría perder más de 25.000 profesoras y trabajadoras sanitarias para 2030, agravando las crisis educativa y sanitaria. Actualmente, más de 10,7 millones de mujeres y niñas requieren asistencia humanitaria.
Impacto en la sociedad
Halema Wali, cofundadora de la ONG Afghans for a Better Tomorrow, describe la situación en Afganistán como una “paz negativa”, caracterizada por la ausencia de guerra abierta, pero sin verdadera seguridad ni libertad. Wali destaca la angustia compartida entre los afganos en la diáspora, preocupados por sus familiares que permanecen en el país.
“Veo a mi propia familia sufriendo con problemas de salud mental, con un país que va a peor y nada que les dé esperanza”, comparte Wali.
Wali también critica la postura de algunos países occidentales, que priorizan la cooperación para reforzar fronteras en lugar de proteger los derechos humanos. Cita el caso de Alemania, que ha aceptado funcionarios consulares afganos para facilitar deportaciones.
Iniciativas de resistencia
Desde Madrid, Khadija Amin ha fundado la ONG Esperanza de Libertad con el apoyo de ACNUR. Esta organización conecta a mujeres afganas que fabrican artesanías como bolsos y pulseras en sus hogares, vendiéndolos en España. Los ingresos se destinan íntegramente a Afganistán, proporcionando sustento a muchas mujeres que carecen de acceso bancario.
Amin enfrenta desafíos personales, ya que sus tres hijos permanecen en Afganistán con su padre, quien le impide verlos. En cuestiones de custodia, las madres no tienen derechos significativos. No obstante, Amin se mantiene optimista al observar la resiliencia de las mujeres afganas: “La situación es muy difícil, pero ver a esas mujeres que siguen luchando, a pesar de todo, nos da esperanza de que algún día la situación pueda cambiar”.
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