El presidente ruso, Vladímir Putin, mostró un gesto de apoyo hacia Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. En ese entonces, Putin ya ocupaba la presidencia de Rusia y estaba programado para asistir a un evento con periodistas en reconocimiento a su cobertura de la segunda guerra chechena. Durante el acto, fue informado por sus consejeros de seguridad sobre el ataque en Nueva York, donde dos aviones comerciales impactaron contra el World Trade Center.
Contacto inmediato con Estados Unidos
Según la biografía de Putin escrita por Steven Lee Myers, titulada ‘El nuevo zar’, la primera acción del mandatario fue consultar a Serguéi Ivanov, un antiguo colega del KGB, sobre cómo Rusia podría asistir a Estados Unidos. Putin intentó comunicarse con el presidente estadounidense, George Bush, quien se encontraba a bordo del Air Force One, lo que complicó el contacto inicial. Sin embargo, horas más tarde, logró establecer comunicación, convirtiéndose en el primer líder extranjero en hacerlo.
En conversación con Condoleezza Rice, consejera de Seguridad Nacional de EE.UU., Putin expresó su solidaridad suspendiendo ejercicios militares programados, en un esfuerzo por evitar malentendidos durante el estado de alerta máxima (DEFCON) en Estados Unidos. Rice interpretó la llamada como una señal de que «la Guerra Fría realmente ha acabado».
Solidaridad internacional
Putin también se comunicó con líderes europeos como el primer ministro británico, Tony Blair, y el canciller alemán, Gerhard Schröder, instándolos a unirse contra el terrorismo. Durante un mensaje televisado, afirmó: «Mi país conoce de primera mano qué es el terrorismo. Así que podemos entender muy bien los sentimientos del pueblo estadounidense. En nombre de Rusia, me dirijo al pueblo de Estados Unidos para decirle que estamos con vosotros, compartimos y experimentamos total y completamente vuestro dolor».
Conversación directa con Bush
El 12 de septiembre, Putin logró hablar directamente con Bush, a quien le prometió apoyo en la lucha contra el terrorismo. Recordando un encuentro previo en Liubliana, Bush declaró haber percibido el compromiso de Putin con su país. Esta muestra de colaboración y entendimiento entre ambos líderes parecía prometer una nueva era de relaciones entre Rusia y Estados Unidos.
Tensiones emergentes
A pesar de las muestras iniciales de buena voluntad, las relaciones entre Moscú y Washington comenzaron a deteriorarse. La expansión de la OTAN hacia el este de Europa y el respaldo occidental a las “revoluciones de colores” en varias naciones exsoviéticas generaron fricciones significativas. Para 2007, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Putin adoptó una postura más crítica, señalando que la expansión de la OTAN representaba una provocación que minaba la confianza mutua.
«Creo que es evidente que la expansión de la OTAN no tiene ninguna relación con la modernización de la propia Alianza ni con la garantía de la seguridad en Europa. Por el contrario, representa una provocación seria que reduce el nivel de confianza mutua», afirmó Putin.
Escalada de conflictos
Este cambio de rumbo se materializó con la intervención militar de Rusia en Georgia en 2008 y la anexión de Crimea en 2014. Bajo la narrativa de que Rusia es una “fortaleza sitiada” por Occidente, el Kremlin ha centralizado el poder y debilitado instituciones democráticas, justificando medidas impopulares como recortes en libertades, aislamiento digital y reformas de pensiones. Estas acciones han intensificado la percepción de una creciente confrontación entre Rusia y Occidente.
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