El Barómetro Juventud y Género 2025, publicado recientemente por la FAD, revela datos alarmantes sobre la percepción del feminismo entre los jóvenes. En 2021, más del 50% de los jóvenes se identificaban como feministas, cifra que ha disminuido al 38% en 2025. Sin embargo, el 77,4% de los encuestados considera la igualdad de derechos y responsabilidades como un pilar fundamental en las relaciones de pareja. Esta brecha indica que, aunque la mayoría de los jóvenes valora la igualdad de género, muchos rechazan la etiqueta de feministas.
Este fenómeno ha sido observado en el ámbito educativo. Un profesor universitario señala que las mujeres jóvenes han mostrado un enfriamiento en su identificación con el feminismo, incluso en áreas como el arte contemporáneo, donde el feminismo tiene un papel importante. Antes de la pandemia, había un entusiasmo general por las luchas civiles asociadas a temas como el decolonialismo, el racismo y lo queer. Sin embargo, ahora se percibe una desconfianza hacia estos movimientos. Los estudiantes defienden la igualdad, pero se distancian de los procesos sociales que la promueven.
Un dato relevante del barómetro es que el 49,2% de los jóvenes españoles ven el feminismo como una herramienta de manipulación política. Esta percepción genera frustración entre quienes estudian la historia del feminismo y su legado. A pesar de las emociones que esto provoca, es claro que las generaciones nacidas en el siglo XXI enfrentan una triple crisis:
- Una crisis de representación política juvenil, que se traduce en desconfianza hacia etiquetas ideológicas fuertes.
- Una crisis de la masculinidad contemporánea, donde muchos jóvenes no encuentran un relato positivo de sí mismos en el discurso público.
- Una transición hacia una cultura posidentitaria, en la que se aceptan principios morales sin asumir etiquetas militantes.
Estas crisis han generado un contexto en el que el feminismo es percibido como una imposición moral más que como un proceso emancipador. Desde 2015, el feminismo ha pasado por varias etapas: surgió como una corriente crítica, ganó legitimidad moral, entró en las instituciones y se convirtió en un lenguaje oficial. Hoy, para muchos jóvenes, representa un marco cultural dominante que genera disenso y rechazo, transformando la lucha social en un espacio normativo que limita la expresión individual.
Esta percepción del feminismo como discurso hegemónico también afecta a la democracia. La preferencia política por la extrema derecha entre los jóvenes españoles, junto con expresiones nostálgicas del franquismo, refleja el diagnóstico de Tocqueville sobre las sociedades igualitarias. Cuando la igualdad se ve como una expectativa obligatoria, genera nuevas formas de ansiedad. Lo que hoy se presenta como contracultural adopta la forma del antifeminismo y el autoritarismo posdemocrático.
Los jóvenes han crecido en un entorno donde el feminismo es omnipresente, pero no sienten que formen parte de su conquista. Perciben el feminismo como una estructura normativa que limita su libertad. Es necesario involucrar a las nuevas generaciones en las conquistas sociales que aún son precarias y requieren su participación activa.
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